miércoles, 23 de julio de 2014

¿Dónde vas España mía, dónde vas triste de ti?

¿Dónde vas España mía, dónde vas triste de ti?

Leyendo la historia del siglo XIX y XX de España, te das cuenta, si analizas los procesos constitucionales (revolucionarios, contra-revolucionarios, y los pronunciamientos) que hoy en día estamos viviendo la decadencia, de nuevo, de nuestro sistema político.

Los paralelismos, salvando las distancias temporales, son escandalosamente preocupantes.

Para aterrizar más esta idea valga la pena centrarnos en la Constitución más longeva (hasta la fecha) y la posterior caída del sistema.
Me refiero a la Constitución de 1876. Nacida del proceso de Restauración después del fracaso de la Primera República.

Es curioso leer algunos pasajes del libro, Constitucionalismo Histórico Español, y ponerte a pensar en lo que está ocurriendo, hoy en día, en nuestro país.
Voy a ir hilvanando un discurso plagado de citas y valoraciones personales.

La Constitución de 1876: un paralelismo en su origen y nacimiento con la de 1978
La Constitución de 1876, “era un sistema que funcionaba de arriba abajo, en el que en realidad, nada, ni siquiera la Monarquía, estaba sólidamente cimentado en el pueblo”.

Un análisis realizado por Torres del Moral en el que concluye que la Constitución de 1876 (una de las más longevas) volvía a cometer los mismos errores de los anteriores intentos: gobernar para el pueblo pero sin el pueblo. Pensar más en el mantenimiento de los privilegios y defensa de los propios intereses que en el devenir de la nación.
Esta afirmación nos trae a colación la situación política actual, donde el pueblo “siente” que se gobierna sin contar con él. Donde la corrupción y los intereses partidarios priman sobre el interés general y las verdaderas necesidades.

Para situarnos en el contexto histórico debemos recordar que Cánovas (que fue el líder de la Restauración) se propuso estabilizar el sistema de gobierno mediante la construcción de una Monarquía y unas Cortes, en las que la alternancia política (a la inglesa) aportaran la máxima estabilidad.
Para ello impulsó la redacción de una Constitución flexible, abierta y que pudiera acoger los dos programas políticos de esas dos fuerzas alternantes. El problema vino porque dicha constitución, en palabras de A. Torres del Moral, era “una obra de arte política (de equilibrios) que no se sustentaba ni en ideología, ni el pueblo, ni en nada”, por lo que y dado los precedentes anteriores, “la Constitución de 1876 significaba la organización de la desnacionalización del Estado”.

Esto me recuerda lo que ocurrió en la redacción de la Constitución de 1978, en la que casi todas las fuerzas políticas haciendo un enorme esfuerzo, renunciaron a sus posicionamientos por un pacto de entendimiento con el único objetivo de salir de la Dictadura y andar hacia un proceso democrático.
El pueblo, refrendó aquella Constitución “pactista” en la que se intentó dar “contento” a todas las partes y equilibrar los poderes, apostando por un sistema bipartidista con fuerte peso de los nacionalismos.

A diferencia de 1876, el pueblo refrendó, pero la sensación que queda hoy en día es la de que no le quedaba otro remedio, puesto que era “ese nuevo régimen, democrático” o la vuelta a la inestabilidad y al “antiguo Régimen” autocrático.
El sistema bipartidista: otro ejemplo claro de agotamiento

Pero me voy a detener en el sistema de Partidos que conocemos hoy en día y que tiene su antecedente, a mi modo de ver, más similar en la Constitución de 1876.
Según las palabras de A. Torres del Moral, en la Constitución de 1876 el sistema de partidos, de alternancia en el poder, “solo podía funcionar con el control y manipulación del sufragio, lo que corría a cargo del cacique. Hizo renacer el feudalismo bastardo de una estructura decadente.”

Además, aporta en su obra, que dicha alternancia se consideró, finalmente, como la construcción de dos caras de la misma moneda. Es decir, un único partido construido en dos vertientes.
Esta situación hizo que con el paso de los años, tanto el partido de Cánovas como el de Sagasta (alter ego de la época), ya no se diferenciaran en casi nada (en cuanto al programa político) sino que solamente los electores de aquella época percibieran distinciones en el talante (no sé por qué pero eso me recuerda algo).

En resumen, ya con la Constitución de 1876 se consiguió que el bipartidismo, la alternancia, produjera un efecto que hoy en día estamos viviendo, la difícil identificación de las cosas que separan a ambas opciones políticas capaces de gobernar.
Hoy en día a los ciudadanos nos resulta muy complicado diferenciar a unos y a otros, y de hecho, la principal crítica que se les hace es por su similitud.

Efectos de la Constitución y el sistema bipartidista (entre otros)
Para situarnos en el momento actual y realizar una breve recopilación de los principales vectores a través de los cuales se mueve el sistema (por ende, la Constitución de 1978) y sus detractores, son:

·         Distanciamiento de la clase política y el pueblo. (Gobierno para el pueblo pero sin el pueblo)

·         Indiferencia desmesurada hacia los dos grandes partidos (PP y PSOE) (Fenómeno abstencionista)

·         Surgimiento de nuevas opciones y cuestionamiento del propio sistema (la propia Constitución de 1978) (PAH, 15M, Podemos)
Volviendo al paralelismo de 1876, como indica A. Torres del Moral en su libro, Constitucionalismo Histórico Español, “las demandas sociales y regionalistas superaban con mucho la capacidad de respuesta del sistema, la demanda de modernización social y política crecía incesantemente, mientras el régimen (político) quedaba cada vez más rígido y disfuncional”.

Basta con no añadir nada a estos comentarios para hacer actual el anterior párrafo. Pero sí que debemos resaltar una diferencia, que a mi modo de ver es significativa y que el autor marca con la siguiente exposición, “lo curioso, según apunta J. Linz, es que no surgiera una fuerza política que, vertebrando el descontento social, capitalizara los errores del sistema”.
Aduce como justificación o posibles explicaciones a este suceso lo siguiente:

·         “El establecimiento del sufragio universal masculino significó su agrarización y este electorado no estaba muy sensibilizado”

·         “Los movimientos regionalistas tampoco encontraron su identidad, escindidos entre izquierdas y derechas”

·         “La corrupción electoral no habría permitido que un nuevo partido se hiciera con suficientes escaños como para remover la política oficial”

·         “Los republicanos históricos no tenían fuerza”

·         “El regeneracionismo era más bien un movimiento de intelectuales ideológicamente heterogéneos que no pasó en realidad de una postura de denuncia”

·         “De manera que, como conclusión, el electorado no fue el de apoyo a alternativas sino el de la abstención”
Pero en nuestro momento actual, sí que han surgido, una vez que hemos tocado “fondo” ciertas alternativas que en sí mismas abogan por un cambio en la organización y orientación del sistema.

Estas alternativas se fundamentan en una re-lectura constitucional con muy diversos objetivos. Unos recogen los aspectos meramente formales o de organización del estado, otros se centran en la afirmación de la soberanía nacional y otras cuestiones identitarias, y por último, y la que más fuerza ha cobrado tiene su origen en los problemas sociales de los ciudadanos.
Asimismo, han tomado enorme fuerza los nacionalismos secesionistas y éstos, a su vez, tensan al sistema de partidos con retos y amenazas de ruptura del consenso institucional.

En mi opinión el paralelismo entre la evolución de la constitución de 1876 y la de 1978  es escandaloso.
Varias conclusiones

En ambas se produce un agotamiento del sistema de alternancia, parten de un constitución “pactista” en la que todos renunciaron, este equilibrio se ha ido desarmando conforme ha ido pasando el tiempo, las crisis y las demandas sociales han ido aumentando y la ceguera de las estructuras políticas han supuesto, en ambos, la desafección de la población.
En un caso, mostrada con indiferencia (mediante la abstención) y en el otro caso, mediante el surgimiento de opciones que en su fundamento desean la abolición del “pactismo” de 1978 para construir un nuevo entorno de convivencia.

En mi opinión, además y de forma coyuntural, el nacionalismo ha tomado la delantera en la capitalización de ese descontento, sumando apoyos y en esta ocasión, a diferencia de lo ocurrido en el final del XIX y principios del XX, se presenta más cohesionado que nunca. (ERC (izquierda radical) y CIU (conservadores) gobiernan conjuntamente en pos de un único objetivo: la independencia)
Por tanto, y dado que el sistema que actualmente conocemos está abocado a un cambio (y no solo a un cambio de caras o “rostros”) las principales fuerzas políticas harían bien en pensar más allá de sus intereses y de los intereses de sus propias oligarquías (con un sistema en el que la permanencia en el oficio es casi hereditaria, el fenómeno caciquil no es propiedad en exclusiva de la Restauración).

Es necesario un nuevo proceso en el que o bien a través de la reforma de la Constitución de 1978 o bien a través de una asamblea constituyente, retomemos la tarea comenzada por los legisladores que instauraron la democracia de nuestros días.
Sin estridencias, pero aprendiendo del pasado. Buscando mayor participación y democratización, profundizando en los derechos fundamentales de los ciudadanos, vertebrando una nación como una nación, donde todos los ciudadanos estemos cómodos y seguros.

No hay que tener miedo, pienso que España debe construirse desde la historia pero sin anclajes. Debemos sentir el país como nuestro, heterogéneo y diverso pero único y democrático.
La soberanía reside en el pueblo, y es él quien debe decidir qué hacer con su organización.

Debemos considerar qué quieren los ciudadanos (dado que hoy en día todos tenemos un mínimo de educación) y hacia dónde desean ir. Por mucho que nos aferremos a un texto Constitucional, la historia nos ha demostrado que agarrarnos a él solo nos puede traer dolor y desastre.
Yo no me veo peleando por un trozo de tierra. Hoy en día, donde el mundo es universal y global, donde reclamamos movilidad de capitales y de personas no entendería una guerra o un enfrentamiento. El ejemplo de Ucrania lo tenemos muy cerca, no me gustaría vivirlo.

Por eso pido diálogo, entendimiento, discusión y participación. No cometamos los mismos errores del pasado, no tengamos miedo a cambiar, porque el cambio viene lleno de oportunidades y hoy la sociedad necesita: ilusión.

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